¿Quién quiere porno cuando las divas de la farándula nos lo recetan a diario en televisión, prensa e Internet? Que si Paris Hilton no usa calzones… y los paparazzi atentos para constatar el escabroso detalle. Que si a Britney Spears tampoco le gustan las bragas… paparazzi incluidos. Que si Lindsay Lohan tiene un nuevo videíto… Que si Janet Jackson enseña lo suyo en el SuperBowl…
Y se trata sólo de las estrellas gringas, de las que incluso los propios gringos están hartos de ver y oír por todos lados. El viernes, la revista Forbes publicó un estudio de opinión sobre las celebridades más sobreexpuestas en los medios de Estados Unidos. En los primeros cinco lugares figuran Britney Spears, Paris Hilton, Kevin Federline, Tom Cruise y Nicole Richie.
En México, la ausencia de estudios y encuestas sobre celebridades no es motivo para privarnos de escándalos faranduleros. Hace unas semanas vi en la portada de una revista a la cachetona Michelle Vieth: presumía su felicidad matrimonial y el nacimiento de su segundo hijo. Con todo derecho, pensé. Aunque no pude confirmar si el padre de sus hijos es el mismo patán que difundió hace unos años en Internet un video íntimo de la actriz. No describiré el contenido: era candela pura.
Hace unos días, corrió como pólvora la versión de que Galilea Montijo había participado en un video porno. Lo busqué en Internet. Mi primera impresión: ¡órales, la Montijo es una profesional! Segundos después: ésa no es Galilea, no manchen. ¿Habrá quién le diga esto a las millones de personas que mantienen, por tercera semana consecutiva, el nombre de Galilea Montijo en los primeros lugares de búsquedas en Internet?
La revista The Economist publicó en abril un artículo donde se preguntaba si los contenidos pornográficos perdían su posición privilegiada en la web. El planteamiento era de lo mejor: las búsquedas de porno perdían visitas frente a las redes sociales (MySpace, blogs, chats, Second Life), como sucedió con las nuevas tecnologías en sus respectivos momentos: videos Beta, VHS, televisión por cable, satélite, Internet.
Quizá The Economist le atinó al punto, pero en estos tiempos ¿quién quiere buscar porno cuando éste aparece por todos lados? Como dicen mis amigos: que se los folle un pez.
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